¿Beber agua realmente puede mejorar el rendimiento académico?
“¿Puede algo tan simple como beber agua cambiar tus calificaciones?” Muchos hemos experimentado ese momento en clase en el que un pequeño sorbo de agua parece aclarar la mente. Pero ¿cuánto de esa sensación está realmente respaldado por la ciencia? Sorprendentemente, no mucha gente conoce la respuesta. Y en algunas escuelas, donde los estudiantes tienen un acceso muy limitado al agua potable, los niños pueden estar aprendiendo mientras están levemente deshidratados sin siquiera darse cuenta.
Entonces, ¿estar bien hidratado realmente influye en el aprendizaje?
Para responder a esta pregunta, un grupo de investigadores realizó un ensayo controlado aleatorizado (RCT) con 279 estudiantes de primaria en Zambia. Un grupo recibió botellas de agua personales y pudo beber libremente durante todo el día. El otro grupo continuó con su rutina habitual, en la que el acceso al agua era extremadamente limitado.
El estudio comparó después el desempeño de ambos grupos en una serie de pruebas cognitivas.
Los resultados no son tan simples como cabría esperar, pero eso es precisamente lo que los hace tan interesantes. En las siguientes secciones analizaremos con detalle la ciencia que existe detrás de la hidratación y el aprendizaje, y lo que este estudio realmente nos revela sobre la relación entre el agua y el rendimiento cognitivo.
La relación entre la deshidratación y el funcionamiento del cerebro
Nuestro cerebro es mucho más sensible al equilibrio hídrico de lo que solemos imaginar. Las investigaciones muestran que perder solo entre el 1% y el 2% del agua corporal puede deteriorar de manera sutil funciones cognitivas clave: la atención, la concentración, la velocidad de procesamiento e incluso la estabilidad del estado de ánimo.
Estos efectos también se observan en adultos, pero los niños son aún más vulnerables debido a su menor tamaño corporal y a su metabolismo más acelerado.
Lo que hace que la deshidratación sea especialmente problemática es que la deshidratación leve casi nunca presenta síntomas claros. No sentir sed no significa que el cerebro esté funcionando de la mejor manera posible. De hecho, el rendimiento cognitivo puede empezar a disminuir silenciosamente mucho antes de que el cuerpo envíe señales de advertencia evidentes.
Entonces, ¿cómo es el entorno escolar a nivel mundial?
En muchos lugares del mundo, las escuelas aún carecen de algo tan básico como un acceso confiable al agua potable durante las clases. Según informes de UNICEF, casi la mitad de las escuelas en países con bajos recursos no pueden proporcionar suficiente agua a los estudiantes a lo largo de la jornada escolar. Sistemas de agua averiados, fuentes demasiado lejanas o la falta de recursos económicos para garantizar un suministro estable contribuyen a este problema.
Como resultado, millones de niños pasan sus horas de clase en un estado de deshidratación leve crónica, intentando aprender mientras su organismo no funciona en condiciones óptimas.
Por supuesto, la deshidratación no provoca necesariamente una caída dramática e inmediata en el rendimiento académico. Pero cuando sostener la atención se vuelve un poco más difícil, cuando la concentración se interrumpe con más facilidad y cuando el pensamiento se vuelve aunque sea ligeramente más lento, esas pequeñas diferencias comienzan a acumularse día tras día.
Con el tiempo, pueden afectar la calidad general del aprendizaje.
Por eso la pregunta “¿Influye beber agua en el aprendizaje?” no es solo un asunto de salud.
Es una cuestión importante de equidad educativa, porque algo tan básico como el acceso al agua potable puede moldear la capacidad diaria de un niño para aprender.
El ensayo controlado aleatorizado realizado en Zambia
Para profundizar en este tema, el equipo de investigación seleccionó cinco escuelas primarias en Chipata, una de las regiones donde el acceso al agua potable es especialmente limitado. En muchas de estas comunidades, las escuelas no cuentan con una fuente segura de agua en un radio de 500 metros. Como resultado, los niños suelen pasar desde la mañana hasta bien entrada la tarde con poca o ninguna oportunidad de beber agua.
En otras palabras, asistir a clase estando levemente deshidratados no es una excepción para estos estudiantes: es la realidad cotidiana de su entorno educativo.
Para evaluar si permitir que los niños bebieran agua libremente podía mejorar su rendimiento cognitivo, los investigadores realizaron un ensayo controlado aleatorizado (RCT) con 279 estudiantes de 3º a 6º grado.
Un RCT se considera uno de los métodos más rigurosos para establecer relaciones causales en campos como la medicina y la educación, por lo que resulta una forma altamente confiable de poner a prueba esta pregunta.
El procedimiento fue sencillo, pero sumamente preciso.
Los estudiantes fueron asignados al azar a uno de los dos grupos:
- Grupo de intervención: Los estudiantes recibieron botellas de agua personales y pudieron beber libremente durante todo el día.
- Grupo de control: Los estudiantes continuaron en las condiciones habituales de la escuela, donde el acceso al agua potable era extremadamente limitado—y para muchos, casi inexistente.
Los estudiantes fueron asignados al azar a uno de estos dos grupos.
Para medir los niveles de hidratación de manera objetiva, los investigadores recolectaron muestras de orina de todos los participantes en dos momentos: una por la mañana y otra por la tarde. Utilizaron la gravedad específica de la orina (Usg) como indicador de deshidratación. Esto les permitió comparar con precisión qué tan deshidratados estaban realmente los niños y cuánto cambiaba su estado de hidratación cuando se les proporcionaba agua.
Por la tarde, los estudiantes también realizaron seis pruebas cognitivas que evaluaban habilidades como la memoria a corto plazo, la atención visual, la concentración, el procesamiento visual y la capacidad visomotora. Estas evaluaciones eran esenciales no solo para detectar posibles cambios en el rendimiento general, sino también para identificar qué funciones cognitivas específicas son más sensibles al estado de hidratación.
Lo que hace que este estudio sea especialmente convincente es que no se basó en sensaciones autoinformadas ni en impresiones vagas. En cambio, combinó datos fisiológicos (mediciones de orina) con datos conductuales (desempeño en pruebas cognitivas).
En otras palabras, los investigadores diseñaron el experimento para examinar directamente cómo un estado físico —la deshidratación— se traduce en cambios en los comportamientos relacionados con el aprendizaje. Es un enfoque cuidadosamente estructurado que permite investigar con claridad la relación de causa y efecto.
Los niveles de hidratación mejoraron de manera drástica
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio fue el cambio tan significativo en la condición física de los niños según tuvieran o no acceso al agua.
Por la mañana, el 42% de todos los estudiantes ya se encontraba en un estado de deshidratación—una cifra que no es inusual en escuelas donde el agua potable es escasa. Pero a medida que avanzaba el día, la diferencia entre los dos grupos se volvió aún más marcada.
En el grupo de control, donde los niños tenían un acceso casi nulo al agua potable, la tasa de deshidratación por la tarde aumentó hasta alcanzar el 67%. Al no poder beber durante las clases ni en los descansos, su nivel de deshidratación empeoró de forma constante a medida que avanzaban las horas. En las escuelas que no contaban con ninguna fuente de agua, este porcentaje tendía a ser aún mayor, lo que demuestra con claridad cuánto influye la disponibilidad de agua en la condición física de los estudiantes.
En contraste, el cambio observado en el grupo de intervención —los niños que tenían acceso libre a botellas de agua— fue notablemente claro. Aunque por la mañana sus niveles de deshidratación eran casi idénticos a los del grupo de control, por la tarde la deshidratación cayó a solo un 10%. En otras palabras, simplemente proporcionar un entorno donde los niños pudieran beber libremente permitió que quienes estaban levemente deshidratados volvieran rápidamente a un estado de hidratación normal. Dadas las condiciones cálidas y secas de Zambia —con temperaturas promedio de 31°C y una humedad de 17%—, esta diferencia no solo fue significativa, sino que incluso pudo haber sido crucial para su bienestar físico.
Lo que hace que los resultados sean aún más convincentes es la claridad con la que estas diferencias se reflejaron en las mediciones de gravedad específica de la orina (Usg). En el grupo de control, los valores de Usg aumentaron con el tiempo, lo que indicaba que la deshidratación empeoraba de manera constante. En cambio, el grupo de intervención mostró una disminución en los valores de Usg, demostrando que sus cuerpos se estaban rehidratando de forma efectiva.
Esto significa que la mejora no fue solo una “sensación de estar más hidratados”: el estado fisiológico de los niños mejoró de manera objetiva. Los datos ofrecen una evidencia científica clara de que el acceso al agua mejoró directamente sus niveles de hidratación.
Estos hallazgos muestran que, incluso en un solo día, la condición física de un niño puede cambiar de manera drástica dependiendo de si tiene o no acceso al agua. Este hecho, simple pero poderoso, constituye la primera gran conclusión del estudio.
Pero los resultados de las pruebas cognitivas “apenas cambiaron”
Lo que hace que este estudio sea aún más interesante es que, a pesar de la mejora tan marcada en los niveles de hidratación, la respuesta a la pregunta “¿Mejoraron también los puntajes en las pruebas cognitivas?” fue, sorprendentemente, no.
Por la tarde, el equipo de investigación administró seis evaluaciones diferentes, entre ellas pruebas de memoria a corto plazo, atención visual, procesamiento visual, amplitud de dígitos (recordar números en orden inverso) y tareas de dibujo de líneas. Estas pruebas estaban diseñadas para medir con precisión las habilidades de aprendizaje cotidiano de los niños. Sin embargo, la conclusión fue clara: la mayoría de las pruebas cognitivas no mostró diferencias significativas entre los grupos.
La única prueba que mostró una mejora notable fue la direct image difference test, que mide la atención visual. En esta evaluación, el grupo de intervención obtuvo puntajes ligeramente más altos (p = 0.05). Sin embargo, este efecto no fue lo suficientemente fuerte como para considerarse claramente estadístico, por lo que no puede describirse con confianza como una mejora sustancial.
En las demás pruebas —incluyendo memoria a corto plazo (digit recall), memoria visual (indirect image difference) y habilidades visomotoras (line trace)— prácticamente no hubo diferencias entre el grupo de intervención y el grupo de control.
En otras palabras, aunque los niveles de hidratación de los niños cambiaron de manera drástica, sus puntajes en las pruebas permanecieron casi iguales—un resultado que, en cierto modo, fue bastante inesperado.
Entonces, ¿por qué surgió esta brecha?
El artículo de investigación plantea varias posibilidades importantes.
Una explicación es que un solo día de hidratación mejorada no es suficiente para revertir una deshidratación crónica. Si los niños están levemente deshidratados casi todos los días, beber agua durante solo una jornada puede no optimizar de inmediato el funcionamiento del cerebro. Los efectos de la deshidratación prolongada pueden requerir más tiempo para resolverse que el que permite una intervención corta.
Otra posibilidad es que las pruebas cognitivas utilizadas fueron desarrolladas originalmente para niños de United Kingdom y Israel, lo que significa que diferencias culturales o la falta de familiaridad con el estilo de evaluación podrían haber influido en los resultados. De hecho, el estudio señaló que en algunos casos, versiones distintas de la misma prueba produjeron puntajes diferentes, lo que sugiere que el diseño de las pruebas pudo haber afectado el desempeño.
Lo que resulta aún más interesante es que permitir que los niños bebieran libremente llevó a que algunos de ellos se sobrehidrataran, lo que produjo valores inusualmente bajos de gravedad específica en la orina. El consumo excesivo de agua también puede afectar el rendimiento cognitivo de otra manera, y el artículo señala que esto podría haber influido en los puntajes.
En resumen, aunque la hidratación claramente importa, no se traduce necesariamente en mejoras inmediatas del rendimiento académico. El estudio revela una realidad más matizada: el agua es esencial, pero la relación entre hidratación y aprendizaje no es tan simple como “bebe agua y tus calificaciones mejorarán al instante”.
La hidratación es la base de un entorno saludable para aprender
En este punto, algunos lectores podrían preguntarse:
“Si beber agua no mejora las calificaciones, ¿realmente importa la hidratación para el aprendizaje?” En realidad, el estudio sugiere lo contrario.
La hidratación puede no ser una solución rápida que aumente las notas de inmediato, pero sí constituye una condición ambiental fundamental que sostiene el aprendizaje. En otras palabras, el agua no es un potenciador del rendimiento; es parte de la infraestructura básica que permite que los niños aprendan de manera efectiva desde el principio.
En primer lugar, los investigadores señalan que una de las razones más probables para el cambio mínimo en los puntajes cognitivos —a pesar de la mejora drástica en la hidratación— es la posibilidad de deshidratación crónica.
Si los niños viven en un estado de deshidratación leve de forma cotidiana, beber suficiente agua durante un solo día puede no ser suficiente para que su cerebro funcione a su máximo potencial.
En cambio, mejoras significativas en el aprendizaje podrían hacerse visibles solo cuando el acceso al agua mejore de manera constante a largo plazo, permitiendo que el cerebro se recupere gradualmente de los efectos acumulados de la deshidratación crónica.
En segundo lugar, el estudio no muestra simplemente que “beber agua no mejoró los puntajes.”
Más bien, demuestra con claridad cuán grave puede volverse la deshidratación cuando los niños no tienen acceso al agua, y este es un problema mucho más importante para las escuelas. Se sabe que la deshidratación provoca una menor atención, aumento de la fatiga, interrupciones en la concentración e irritabilidad. Estas pequeñas dificultades cotidianas se acumulan con el tiempo, y su efecto acumulado puede influir de manera indiscutible en la actitud de los estudiantes hacia el aprendizaje, su nivel de participación y su comprensión general.
Además, la hidratación no solo importa para el rendimiento académico, sino también para la salud, la seguridad y la equidad educativa. Un entorno escolar en el que los niños no pueden acceder a agua potable —y deben aprender sintiendo sed— es fundamentalmente inaceptable.
Este problema no trata de “beber agua para subir las notas”, sino de garantizar que cada niño tenga un entorno seguro, adecuado y equitativo para aprender. El acceso al agua es parte de la infraestructura educativa básica que debería estar garantizada para todos los estudiantes.
El verdadero valor de este estudio reside precisamente en esto.
Su importancia no radica en demostrar un “impulso instantáneo” producido por la hidratación, sino en revelar científicamente que la presencia —o ausencia— de agua determina el punto de partida del aprendizaje de un niño.
Ese entendimiento fundamental es lo que hace que esta investigación sea tan relevante.
El agua como la “infraestructura invisible” del aprendizaje
Este estudio ofrece una respuesta sorprendentemente matizada a la pregunta aparentemente simple:
“¿Beber agua mejora el rendimiento académico?” Es cierto que permitir que los niños bebieran agua durante un solo día no produjo mejoras dramáticas en los puntajes de las pruebas cognitivas.
Pero eso no significa que la hidratación sea irrelevante para el aprendizaje.
De hecho, los resultados sugieren lo contrario:
la falta de acceso al agua podría estar socavando silenciosamente la capacidad de los niños para aprender.
El agua puede no elevar las calificaciones de inmediato, pero funciona como una forma invisible de infraestructura educativa: una condición básica que sostiene la capacidad de cada niño para concentrarse, participar y prosperar en el aula.
La deshidratación afecta gradualmente la atención, la concentración e incluso el estado de ánimo. Estos cambios no son tan visibles como los puntajes de una prueba, pero su impacto acumulado puede influir en la postura de aprendizaje del niño, su nivel de compromiso y la profundidad de su comprensión.
A largo plazo, pueden moldear la base misma del rendimiento académico.
Por eso la hidratación no debe considerarse un “atajo mágico” que mejora las notas al instante. En cambio, es una condición esencial para crear un entorno de aprendizaje en el que cada niño tenga la capacidad de concentrarse, participar y desarrollarse plenamente.
El ensayo controlado aleatorizado realizado en Zambia ofrece una evidencia científica clara de esta realidad. Los niños que pudieron beber libremente a lo largo del día mostraron una mejora sustancial en su hidratación, mientras que aquellos sin acceso al agua se deshidrataron cada vez más a medida que avanzaba la tarde. Esta creciente “diferencia en la condición física” es una señal crucial—una que no puede ignorarse al pensar en cómo se construye el aprendizaje día tras día.
Garantizar el acceso al agua es, en muchos sentidos, garantizar los cimientos mismos del aprendizaje. Mejorar la calidad educativa requiere más que pizarras y libros de texto: también exige prestar atención a infraestructuras básicas y esenciales, como un suministro seguro y suficiente de agua potable. Este estudio nos recuerda silenciosamente que algo tan cotidiano como el agua es, en realidad, un elemento vital que sostiene la capacidad de aprender de cada niño.
Referencias
Trinies V, Chard AN, Mateo T, Freeman MC.
Effects of Water Provision and Hydration on Cognitive Function among Primary-School Pupils in Zambia: A Randomized Trial.
PLOS ONE, 2016. DOI: 10.1371/journal.pone.0150071